Sigue dejando que tu sonrisa ilumine el mundo, al menos el mio.

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Oceànica sensació.

viernes, 6 de septiembre de 2024

La parábola del chico bueno, el chico mono.

Corría un frenético invierno de 2021, de los que hielan Granada a principios de año y congelan las manos de las parejas que pasean por la Fuente de las Batallas, de los santos inocentes que fuman en los ríos. 

Las luces de la ciudad de mis sueños embriagaban cada poro de mi piel, atravesaban el centro puro de mi misma haciendo que un escalofrío doblemente penetrante, cálido y hostil, recorriera mis sentidos en sesión continua. Y un muy buen día los desbocados rumbos que dirigen mi vida me condujeron hasta tu carita de chico bueno, de chico mono. Y pude vislumbrar la luz del sol. 

Tú tenías esa carita, tan sorprendido cuando cruzamos la primera mirada, cuando te quité la gorra, cuando todo desprendía una acogedora fragancia de pizzas recién horneadas. Me encantaba robarte miradas en el trabajo, quitarte el habla y robarte sonrisas. ¿Sabes? me encantaba verte sonreír. Y me invade la nostalgia, la nostalgia impuesta porque podría jurar que no era consciente de lo que me estabas haciendo sentir por fuera y por dentro, de que me estabas haciendo sonreír el alma cuando caminaba sobre ruinas. No hay nada más genuino a la par que hiriente que la clamorosa certeza presente de haber convivido con la felicidad sin ser siquiera consciente. Juro que no era consciente. Duele.

Me sigo acordando de ti, Carlos, por cómo me hiciste sentir. Por cómo supiste sostenerme el corazón cuando ni siquiera yo era capaz de mantenerme en pie. Me miraste tan bonito, me trataste tan dulce que sería injusto no dejarte reflejado en mi Historia, no haría justicia al valor de las caricias y la paciencia, de la ternura y el cariño.

        Y que estoy increíble cuando estoy contigo y se me acelera el corazón y me cuesta dormirme y me río mucho contigo.

Fuiste un bonito y efímero capítulo de los que nutren el camino, de los que enriquecen el espíritu y te reconforta con la Humanidad, esa que demostraste tantas noches mientras me refugiabas del frio intrínseco a mi persona. Me endulzaste los días, le diste sentido a los kinder bueno en las taquillas y en mi corazón.

                      Que eres preciosa, y muy bonita y súper buena y muchas cosas bonitas más.

Es curioso, paradójicamente mis días nunca han decido conectar corazón y mente para hacer brotar decisiones racionales, para allanar las piedras que conducen a los cruces de caminos donde brilla el sol y el arcoíris inunda cada centímetro de realidad. Es curioso, también, que hayan tenido que pasar diez años para poder concluir que los imanes son más potentes que la lógica más elemental.

Que hoy, Carlos, más de tres años después sigo recordando tu voz, tu manera de hacerme sonreír, de alegrar mis días haciéndome cosquillas. Que hoy, Carlos, más de tres años después puede que supiera valorar, con el rigor que merecen tus abrazos, lo hermoso que fue compartir mis días y mis turnos con el chico más bueno y mono que ha visto cualquier invierno en Granada.

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